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Pedofilia, fascismo y otras aberraciones

2 de abril de 2017 05:37 AM
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La condena de 51 años y 10 meses de prisión impuesta al asesino de Yuliana Samboní fue bien recibida por la opinión pública y equivale, en la práctica, a una cadena perpetua: Rafael Uribe Noguera saldría de prisión a la edad de 90 años. Contrariando viejas mañas, la Policía, la Fiscalía y la Justicia obraron esta vez con una celeridad encomiable. Tanta, que, de no ser por la obstrucción de los hermanos de Rafael al operativo de rescate, la Policía habría podido salvar la vida de Yuliana.

La reacción del asesino sobre su condena se conoció el jueves a través de una carta suya enviada a los medios. “Queridos míos: desde mi corazón y con todo mi amor les pido perdón por el 4 de diciembre de 2016 (…) espero que se aclaren los hechos y que sea la verdad la que salga a la luz haciendo que la justicia prime sobre todo. Rafael Uribe Noguera”.

Sobran los comentarios, principalmente si recordamos que son palabras de un asesino confeso. ¿Cuál es la “verdad” que invoca?

Si no fuera por la terquedad de las cifras, podríamos tranquilizarnos pensando: Rafael es único, un monstruo por fortuna singular. Craso error. En Colombia, en un año llegan a Medicina Legal 17.280 niños con signos de abuso sexual. La cifra se lee rápidamente. El dolor, los 17.280 dolores, duran toda la vida. (informe de la ONG Save the Children, El Tiempo, noviembre 18 de 2016. La cifra real puede ser diez veces más alta).

Hoy, un domingo cualquiera, como el último domingo de Yuliana, 48 niños sufrirán abuso sexual. No verán comiquitas en televisión, ni retozarán en la cama con padres normales, ni comerán helados por la tarde; ni siquiera los llevarán a la cima de un cerro para que vean pasar los camiones allá abajo, muy lejos, en la carretera, como hacen los domingos los padres de los niños en El Tambo, Cauca, la vereda de los Samboní. Esta noche, los fantasmas que acosarán a miles de niños no serán imaginarios, como los que acosarán a millones de niños que tienen la suerte de vivir en hogares normales. Serán fantasmas de carne y hueso, hombres adultos que deberían cuidarlos con el amor que esas criaturas merecen y necesitan. Mañana, después del mediodía, después de la escuela, decenas de niños caminarán muy despacio para aplazar al máximo la llegada a la casa, es decir, al infierno.

¡A qué malditas horas, con qué juicioso empeño hemos parido tantos miles de Rafaeles! Creo que nadie, ni un equipo de setenta sociólogos y setenta psicólogos, trabajando setenta años sobre una “muestra” de setenta Garavitos, puede explicar estas cifras. Pero ninguna sociedad, ni siquiera la colombiana, puede ignorar semejante infamia y seguir tan campante. Debe, tiene que buscar respuestas. Debe, tiene que pensar en soluciones.

Una de las razones que pueden explicarnos este horror es la violencia crónica de Colombia, un país con uno de los peores Gini del mundo, donde los particulares resuelven a tiros sus diferencias y los problemas sociales se resuelven maquillando cifras o con vastos operativos militares o construyendo más cárceles (o más barato, hacinando presos); donde la popularidad de su principal líder político aumenta cada que suma otro crimen a su abultado prontuario, cuyo Senado es más peligroso que diez Garavitos, donde pegarle a la esposa es un deporte nacional y las niñas bailan canciones que hacen apología al maltrato a la mujer, donde los sacerdotes pedófilos son trasladados a otra parroquia y los pastores cristianos legislan con los versículos del Levítico, donde todos piensan que su dios es el verdadero y único Dios, donde un santón con rabo de paja puede usurpar la Procuraduría y hacer de su credo una constitución; un país así, digo, produce sin esfuerzo varios Rafaeles por segundo.

Otro factor determinante del problema es la ignorancia en materia sexual. Noventa y cinco de cada cien colombianos piensan que hay dos sexos, masculino y femenino, y dos clases de relaciones sexuales, las heterosexuales y las homosexuales; que las primeras son sanas y cristianas y las segundas patológicas y satánicas. Ignoran que el sexo es un constructo genético-psicológico-cultural, que hay mujeres con identidad y psiquis masculina, incluso con órganos masculinos, que en el mundo existen millones de hombres atrapados en cuerpos femeninos y cientos de millones de personas de psicología asexuada o bisexual, que los estudios sobre la sexualidad han avanzado mucho desde hace 50 años, cuando los psicólogos aceptaron por fin que el homosexualismo no era una enfermedad, y más aún desde hace 20, cuando empezaron a descubrir que lo femenino y lo masculino eran apenas los dos extremos de un espectro muy rico y complejo.

Pero en Colombia hay diputadas, rectores, profesores, senadores y altos funcionarios convencidos de que la homosexualidad es una patología que puede mutar y convertirse en una pandemia por la influencia de un vector diabólico, las cartillas de educación sexual de la ONU. Podría jurar que nunca, ni siquiera en lo más alto del paleolítico, hubo opiniones más cavernarias. La frase “A Sergio Urrego lo mataron las directivas de su colegio” no es la hipérbole elocuente de un activista de la comunidad LGTBI. La pronunció un magistrado en el curso de los debates que terminaron en una dura sanción contra el colegio.

Otra razón de la existencia de las aberraciones sexuales estriba en que recién ahora los derechos de los niños empiezan a ser letra viva. Hace unos años los niños eran poco más que una mascota. Un señor adinerado podía contraer nupcias con gran boato y aprobación social con una niña de doce años. Si era pobre no tenía derecho a la ceremonia, pero sí a la niña. En literatura, la pedofilia era vista como una práctica decadente pero tolerada. Un pecado menor, digamos. Hay escenas de prostitución infantil narradas por Lawrence Durrell en El cuarteto de Alejandría (1957-1960) y por Naguib Mahfuz en El callejón de los milagros (1947) que ni siquiera han merecido el comentario de los críticos. Nabokov publicó su Lolita en 1955 y el mundo lo ovacionó. Kawabata publicó en 1978 El palacio de las bellas durmientes, la historia de un anciano que le paga a una alcahueta para dormir con bellas jóvenes narcotizadas, y los críticos encontraron hondos valores poéticos y filosóficos en el cuento. Cuando García Márquez quiso replicar la hazaña de Kawabata en 2004 con su Memorias de mis putas tristes, a los lectores no les hizo ninguna gracia la primera línea: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, ni el resto del libro. Para la fecha, los niños eran intocables y nadie podía manosearlos, ni siquiera el Homero de Latinoamérica.

Recién ahora, los niños tienen derechos, los negros alma, las mujeres voz y voto, los homosexuales salud y los indios reservas. De manera que no es raro que aún haya personas que se creen con derecho a pisotear niños, negros, mujeres, indios y homosexuales.

Hay una tendencia mundial que agrava el cuadro colombiano, el neofascismo. Trataré de hacerme entender con palabras de Antonio Caballero, que publicó en el 2000: Y Occidente conquistó el mundo. En el capítulo dedicado al siglo XX, Caballero dice que fue “una vasta lección de geografía escrita con sangre humana”. Que casi toda la centuria estuvo dedicada a la guerra entre dos modelos económicos, el capitalismo y el comunismo, “con un consecuencia final paradójica: hoy es el espíritu del fascismo, físicamente derrotado, el que impera en el mundo: el fascismo ganó las guerras del siglo”.

Si consideramos el triunfo del bréxit, del No y de Trump, el ascenso de la ultraderecha en Europa y el desprecio por la enseñanza de las humanidades en la universidad, hay que aceptar que Caballero tenía razón y que ya en el 2000 sintió el avance de la gran bestia, el neofascismo, entendiendo por esto la afición por las soluciones de fuerza, la discriminación racial y el desprecio por la democracia, los intelectuales y las minorías.

Es oportuno aclarar que el fascismo arraiga bien en la derecha (los ejemplos sobran) y en la izquierda. Ahí tenemos China, Cuba y Venezuela, naciones donde los disidentes son perseguidos sin recato alguno, y la información política y las discusiones filosóficas están muy restringidas.

La diversidad sexual también irrita al fascista. Recordemos que los nazis marcaban a los judíos homosexuales con estrellas de seis puntas, rosadas para los hombres y negras para las mujeres, y que Fidel Castro, el protomacho del Caribe, llegó a decir que el homosexualismo era un “subproducto del capitalismo”.

¿Qué podemos hacer ante un cúmulo tan complejo de adversidades? ¿Cómo podemos proteger a los niños? Con la ingenuidad pura que me embarga los domingos, arriesgo estas propuestas.

La eficiencia que mostraron la Policía, la Fiscalía y la Justicia en el caso de Yuliana no puede ser la excepción. Tiene que ser la regla. Estos organismos tienen que actuar con prontitud ante una sospecha de pedofilia o de maltrato infantil.

Los padres de familia, los parientes, los amigos, los vecinos y los profesores deben estar atentos a los cambios de conducta de un niño. Los abusos sexuales se traducen, siempre, en cambios psicológicos visibles.

La educación sexual debe ser una cátedra transversal del pénsum, no cartillas esporádicas.

El sexo es la sensación más fuerte del ser humano. El abismo de la razón, decía Estanislao Zuleta. Puede llevarnos al cielo o al infierno. Es la comunión de los cuerpos, decía, estremecido, Octavio Paz. Con una materia tan inflamable no se juega. Es un deber social procurar que el sexo sea como un fuego sagrado que caldee la vida de las personas, no una fogata que las achicharre ni una represión que las neurotice.

Por último, la primera y más importante labor: detener, no sé cómo, el avance de las hordas del fascismo.

Mientras el buen Dios corrige los horrores de diseño del homo sapiens, propongo que adelantemos entre todos estas tareas.

*Autor de libros de cuentos como Sacrificio de dama y de la novela Proyecto piel. Columnista de El Espectador.

Fuente: elespectador.com

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