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El Che Guevara en palabras de su mejor amiga

10 de octubre de 2017 02:20 AM
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El Che Guevara en palabras de su mejor amiga

La primera vez que lo vio, Tita Infante tuvo la impresión de que era un “muchachito bello”. Algo tímido. De grandes ojos y apariencia descuidada. Transcurría el año 1947. Estaban en el anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Cuando escuchó el sonido de su voz, “grave y cálida”, se volteó a mirarlo. Era de Córdoba, como ella. Lo supo por el acento. Aquel estudiante de Medicina, que pronto se convertiría en su íntimo amigo, se llamaba Ernesto Guevara de la Serna. No fumaba. No tomaba café, ni alcohol. Sufría de asma.

Tita Infante era una mujer de pocas palabras. Militaba en las juventudes comunistas y creía en la utopía, en la libertad de todos los pueblos. Apasionada de la lectura. Solitaria y de complexión ligera.

Sus lugares de encuentro solían ser la casa de Tita Infante o un café. Los miércoles, la cita era en el Museo de Ciencias Naturales. Ernesto Guevara llegaba puntual, libro en mano: El pescador de esponjas, de Panaït Istrati, un tomo de Freud o un clásico comprado en una librería de viejo. Se encontraban en el Museo para estudiar la filogenia del Sistema Nervioso: “Nos dedicábamos por aquel entonces a los peces, y así alternábamos entre disecciones, preparaciones, parafina, micrótomo, montaje de cortes, microscopio, etc.”. A Tita Infante le gustaba que su amigo amenizara las horas de trabajo con sus animadas charlas. Tenía la sensación de que así el tiempo pasaba más rápido.

No tenían un círculo de amigos comunes. Tampoco militaban en los mismos grupos culturales y políticos. Construyeron una amistad que se apoyaba en las vértebras de una confianza absoluta. Cuando Ernesto Guevara se marchó de la Argentina, sus conversaciones continuaron a través de las cartas. Pocos accidentes podían interrumpir la correspondencia entre los dos. El amigo, convertido ya en el Che, le escribía desde los montuosos escenarios de la Sierra Maestra, desde Bolivia, y aun desde las condiciones más hostiles. Le contaba sus historias amorosas, sus éxitos y desventuras. A veces, obligado por las circunstancias, firmaba sus cartas con un seudónimo: Teté Calvache.

“Cultivaba la amistad con dedicación y esmero, nutriéndola de su hondo sentido humano. Para él la amistad imponía deberes sagrados y otorgaba iguales derechos. Practicaba unos y otros. Pedía con la misma naturalidad con la que daba. Y esto en todos los órdenes de la vida (…) Conservaba las cartas de los amigos y jamás dejaba alguna sin respuesta”, escribió Tita Infante.

En 1958, luego de graduarse en Medicina, Tita Infante se marchó de Buenos Aires. Estudió neurología en Marsella, y psiquiatría en París. Era una joven disciplinada. Ernesto Guevara, un bohemio responsable, se las arreglaba para sacar buenas notas, pero su urgencia por viajar estaba por encima de todo. No tenía planes de ejercer la Medicina. El título sería su pasaporte a la libertad. “Se recibió en menos de seis años, pese a sus viajes, al trabajo, al deporte (rugby y golf en aquella época) y a la gran parte de su vida que dedicaba a la lectura y al culto de la amistad. Sabía estudiar. Iba a la médula del problema y desde allí se extendía tanto cuanto sus planes se lo permitían”.

Era el desafío más difícil que podía enfrentar. Corría 1968. Una publicación argentina le pidió a Tita Infante que escribiera un testimonio sobre Ernesto Che Guevara. Hacía un año que lo habían asesinado. Ella acababa de regresar de Europa. Lo supo por los periódicos: “Los primeros diarios que leí, azoradas las pupilas, temblorosas las manos y el aliento quebrado, traían las noticias, lentamente verificadas, de su trágica muerte, de ese asesinato incalificable del que pedirá cuentas América un día. Un año. Tan lejos ya”.

Poco quedaba del flaco que le sonreía, en blanco y negro, desde la cama de un hospital del Sud o desde algún rincón de la selva brasileña. Recordaba el conjuro que repetían juntos, sorprendidos ante un nuevo descubrimiento: “No levantes himnos de victoria en el día sin sol de la batalla”. Se preguntaba cuántas veces él había pronunciado esos mismos versos, en la Sierra Maestra, en el Congo, en Bolivia. Aunque sus ojos lo miraban con la intensidad de otros años, cuando era solamente Ernesto, el que veía en las fotos de la prensa tenía algo distinto. Era un hombre victorioso y, al mismo tiempo, derrotado: “Su cuerpo de valiente sobre una lona miserable, su hermosa cabeza, aureolada de barba y melena guerrilleras, su rostro de Cristo sin un rictus de dolor… Tierra y madera, agua de manantial, savia silvestre… Ernesto ha muerto, pero ya había nacido a la Eternidad”.

Acordate de este amigo que por vos ha de jugarse el pellejo pa’ ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión. Un abrazo y hasta cuando se le ocurra y yo llegue por donde se le haya ocurrido”, le escribió el Che Guevara en septiembre de 1953, desde Lima, Perú. No volvieron a verse más.

A Tita Infante le flaqueaban las fuerzas para encarar la página en blanco, pero su lealtad había sobrevivido a las horas lúgubres. “Cómo negarme a algo tan honroso. ¡Cómo sustraerse a semejante deber!”. Escribió su testimonio. “El más bello y emocionante que se haya escrito nunca sobre Ernesto”, dice Juan Martín Guevara, hermano menor del Che. Nueve años más tarde, el 14 de diciembre de 1976, Tita Infante se quitó la vida. Juan Martín Guevara escribió en sus memorias lo que dijeron algunos: “(…) No llegó a superar la muerte del hombre al que tanto había amado y admirado”.

*El texto “Evocación de Tita Infante a un año de la muerte del Che” fue publicado íntegramente en las memorias de Juan Martín Guevara, “Mi hermano el Che” (Alianza editorial, 2016)

Fuente: elespectador.com

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